miércoles, 23 de enero de 2013

Té para tres


Te vi que llorabas, llorabas por él- me cantaba con la ternura de un niño, iluminando la mañana que austera, me cuenta que otra vez iba a ser todo igual a lo de ayer... No se si por sus intenciones, o la nobleza de un corazón tan casual, pero tenía perdida la mirada cada vez que me alcanzaba los pañuelos, supongo que no ha de ser tan sencilla la tarea de desenterrar ese oxidado clavo, y aún peor, limpiar el desastre después de haber trabajado tan arduo. Pero los acordes seguían sonando, el mate cebadito tal cual me gustaba, y sacarle lo careta al día con uno de esos cigarritos que me enseñaron otras manos... Pero ahí estaba, tan tieso, tan indefenso que casi no recuerdo quién fué la última persona a la que vi tan vulnerable como pude observarlo esa mañana al soldadito de plomo ese. El sol me daba en la cara, justo como antes y las sábanas seguían blancas, sólo faltaba el florero pequeño de la esquina, ah si, y había un cuadro nuevo, pero todo lo demás seguía exactamente igual: la calidez de su felicidad al tenerme de nuevo, la sinceridad tan brutal que caracteriza al dueño de los ojos mas expresivos que jamás haya visto, si, jamás volví a ver esos ojos, ni tanta verdad junta: el tiempo no había pasado para nosotros dos. En ese momento, volvimos a ser los de antes, esos que jamás tendrían que haberse alejado, volvimos y fuimos nosotros dos, la ventana y su guitarra, el sonido de una cuerda que se rasga desesperada por volver a seducirme y -como quién no quiere la cosa- miraba distraída los muebles, aunque por dentro el fuego me consumía de la misma manera que lo hizo hacía un año atrás. El lugar era el mismo, las ganas eran las mismas y la noche repleta de estrellas pedía a gritos ser devorada. Las horas ahí dentro pasaron, lentas y sumisas, mas en un parpadear todo me cambió, me perdí y no supe volver, encontré un camino que parecía hermoso y se volvía una tortura, no podía conmigo misma y ahí caí: ya no era la misma. Nosotros, nuestros ojos, mis labios, su piel, mi mirada no era la misma: ya había corrido demasiada agua debajo de este puente como para volver a fingir que todo podía resultar nuevo e interesante, precioso, un diamante perfecto y bien pulido. No. No y no y mil veces no, ¿acaso podría ser tan ingenua al pensar que el cero es siempre el origen de todo? No soy un animal de costumbre pero llevo dentro ese instinto que solo las fieras mas salvajes tienen: salí corriendo otra vez, desesperandome en el intento por ocultar la razón que me llevó hasta ahí, mas su viveza era impúdica, nata era un don y como era de esperarse, sin decir una palabra me dijo todo con un abrazo. Un abrazo que duró horas eternas, cuando en realidad fueron escasos segundos, volvió a tomar la guitarra y con la voz quebrada, a punto de estallar, siguió emulando al único compositor al que ambos admirábamos, una vez mas abrí una puerta, que sin saber donde me llevaría, estaba dispuesta a descubrir... Quizá ese abrazo fué todo lo que necesitaba para saber si todo seguía igual, fue mágico en algún punto y tengo al firma convicción de que tal vez, solo tal vez si el tiempo se vuelve a detener, nosotros seguiríamos sintiendo lo mismo, y esa pasión siempre permanecerá intacta. Mas el miedo, ese monstruo tan gigante, seguía merodeando por mi cuadra, ya nunca mas volvería a escuchar su canción...
El eclipse no fue parcial y cegó nuestras miradas te vi que llorabas te vi que llorabas por el...”
Hasta la próxima <3

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