aún teniendo bello crecido en las axilas, supongo que seguiría siendo la mejor, no solo en en su cama sino en su vida. En toda su extensión, desde que nadaba en el útero de la madre al día de hoy: si, sin dudas fui la mejor. Y la peor, la que lo hizo infeliz y la que le dio momentos de interminable alegría, frenéticas risas y un sinfín de interminables noches sin dormir. Es que, éramos así, libres, jóvenes, teníamos otros sueños y pisábamos el mismo suelo, sólo que mis alas estaba desplegadas desde hacia rato y las suyas, aún temerosas de lo incierto, no lo dejaban volar tanto como el quiso. Fué esa tarde de noviembre en el mismo parque que nos junto al llegar, donde dijimos que era la última vez. Quizás hoy, muchos otoños después, este en otra cama, calentando otro cuerpo, mordiendo otros labios, y extrañando los mìos, preguntándose donde y como estaré, mas la mía no es la ilusión despechada de lo que no fué, sino el recuerdo mas remoto, eterno y caliente de haber sentido amor. De saber que el destino iba a dar semejante batacazo, yo nunca hubiese soltado tu mano, y una vez mas, te pedí perdón.
Dedicado a aquellos que aún después de haberse quemado con leche, siguen mirando a la vaca con el mismo amor de siempre (L)
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